miércoles, 27 de abril de 2016

De animales y de personas... de sentimientos...


A veces, muchas veces, asoma de imprevisto, como hoy, hace un ratito, realmente no viene a nada en especial, entra, me da un beso, pregunta que estoy haciendo, charloteamos un rato, y se va por donde mismo vino... Yo me quedo mirando a través de la ventana y lo veo trasponer por la esquina, allí va hablando con Talila mientras la aúpa a lo alto con sus pequeños bracitos... Pedro tiene 8 años, es mi sobrino y posee el chiquillo una sensibilidad natural por los animales, esto lo tenía desde hace tiempo en una constante matraquilla, pedía a sus padres tener en casa un animalito. Coincidiendo con el día de su cumpleaños, hace unas semanas, para alegría de Pedrito y de todos, llegó un componente más a la familia. Talila es una perrita pequeña, poco más de dos meses, peluda cual bola de algodón que absorbe todo lo que encuentra por el camino, con sus pelos y con su boca, un encanto el animalillo, tuvo otro nombre, y tal vez ese tampoco sea el definitivo, realmente yo creo que los nombres no dicen quien somos, solo como nos llamamos, quien somos más bien lo dice como actuamos... Entre los niños hacen turnos para cogerla, bañarla, acariciarla, para jugar con ella (que importante eso de jugar, desde que nacemos hasta que nos morimos, no vayan a creer que es cosa solo de la infancia), en definitiva se les ve felices con la presencia del cachorrito, muy felices. Eso los niños de la familia, pero es que los adultos también mostramos un sentimiento especial, y aunque no ponemos turnos, es evidente que un deleite novedoso envuelve el momento en que Talila anda por cerca, y uno juega con ella y la coge, y la cuida, con un instinto de protección y de cariño también innato como el de Pedrito. Casualmente hace unos días hablaba con ella de este tema, me dijo algo de un vínculo especial entre animales y personas en el cual los primeros disfrutan, pero que los seres humanos reciben tanto cariño incondicional que no es comparable a nada. Parece que hay estudios demostrando que cuando las personas tenemos un determinado tipo de problema psicológico, se recomienda como terapia asertiva acariciar a un animalito, cogerlo entre nuestros brazos, protegerlo, estoy completamente segura que ustedes me entienden, y es más, que coinciden conmigo en pensar que esa terapia es asertiva para cualquier ser humano. Yo lo vi claro, y mi estudio quizá no lo corroboren eminentes expertos, cuento solo con mi propia experiencia que no será muy distinta a la de ustedes estoy segura. Para entenderme deberían haber tenido en sus brazos, alguna vez aunque sea, un cachorrito, un animalillo que inspire ternura, no voy a nombrar razas porque los hay de lo más variopinto, son como las personas cada una nos inspira un sentir diferente... Les contaré un ejemplo vivido hace años, por aquel entonces mi madre tenía en su casa unas gallinitas, cuatro o cinco no más, un día ocurrió un fatídico percance y murieron todas menos una, la pobrecilla quedo malherida, cojeaba y casi ni plumas tenía... Mi madre la remendó como pudo y la gallina sobrevivió, suelta se andaba los redores picoteando en el jardín por entre las Dalias y los rosales, removía la tierra en la huerta y hacia nidal buscando un sitio fresco bajo el limonero, cuando le parecía ponía un huevo que encontraba mi madre al par de días... Eso sí, andaba siempre a la vera, a los pies de su salvadora, nosotros nos reíamos porque la gallinita no dejaba de rastro a mi ma, y le fuimos tomando todos cariño al animal, nos acostumbramos a verla en la casa familiar, ella sin pedir nada a cambio hacia surgir de uno simpatía y apego, como un sentimiento de protección, es que la palabra correcta era ternura, nos hacía sentir ternura. Un día, cuando pasaba algo más de un año de aquello, mi madre se levantó en la mañana y después de su cafecito, salió a su rutina de flores, huerta y gallina, pero no la encontró... Ese día fue laborioso, los muchos quehaceres me remitieron a la noche para recalar a la casa de mi madre, es el encuentro del día donde yo le cuento de mis andanzas y sucedidos, y ella me relata de su jornada los hechos acaecidos. Me cuenta de las visitas de sus hijos, mis hermanos, y de sus nietos, de alguna noticia que le llamó la atención, de lo que hizo de almorzar, de que los años le pesan cual si cada uno grabara un dolor más en su cuerpo, seguro también trae al presente alguna vivencia de su pasado, relatos que cuentan la historia de su propia historia... Pero ese día estaba como triste, poco habladora estaba mi madre, si yo soy como ella, que se nos desparraman las palabras... Me dijo:  "murió la gallina", esta mañana al no verla en su corralillo la busqué por los redores, y al cabo la encontré muerta -me miró con asombro- en la acera del jardín, a los pies de la ventana que da a mi habitación... Se me hizo un nudo en el estómago, la gallina para llegar a la ventana de mi madre tenía que dar un rodeo sin sentido, y no era su costumbre dormir a la intemperie. Pues ahí nos quedamos las dos pensando, sin duda alguna en lo mismo... Repito que yo no he llevado a cabo ningún estudio concienzudo, solo tengo que recordar algunos animales que he tenido el placer de conocer, y pensar en lo que me hicieron sentir, sin ningún acuerdo firmado, ni promesas, ni obligaciones, sin nada, es un verdadero dar, tienen todo el derecho siempre a recibir.

...gracias por tu tiempo de vida...
María Rodríguez