jueves, 26 de mayo de 2016

Cuando lo importante es el ahora. El Médano Tenerife


Se me vino una cuestión de esas que no tienen fácil respuesta, de las que llamamos transcendentales por tener consecuencias "muy transcendentes", más de lo que cabría esperar. Esto, tengan en cuenta, no son más lucubraciones mías, nada más allá, ya saben de lo simple que soy para dar un sentido a las cosas más complicadas. Pensé que si cada día, cada momento de nuestra existencia tenemos vivencias a miles, desde respirar hasta  sentir el viento, pasando por cada cosa que vemos, escuchamos, comemos, tocamos u olemos, acumulamos tal cantidad de experiencias, que nos convertimos casi en una consecuencia de lo vivido. Se me planteó entonces una duda, considero que existen dos tipos de experiencias, las que rememoran otros instantes ya sucedidos con anterioridad, como si fuera un "déjà vu", el término es francés que se pronuncia "deja vi", alude a la sensación que se tiene a veces, esa de haber experimentado con anterioridad una situación que se está produciendo, que ocurre en el momento, como un "ya visto", aunque en esta ocasión no hablo tanto de una sensación, más bien de una realidad que se reproduce. Tenemos "deja vi reales" muchas veces al día, por ejemplo cuando nos lavamos los dientes cada mañana, o cuando nos duchamos, o cuando hacemos un trabajo monótono, son infinidad de momentos casi repetidos... Frecuentamos muchas acciones habitualmente casi sin ser conscientes de ello, poco más o menos como el involuntario acto de respirar, cual si de una acción refleja se tratara, las tenemos memorizadas, y hasta la última de nuestras moléculas conoce el rito. Esas acciones cotidianas que realizamos regularmente, y que se vuelven habituales en nuestro acontecer, esas son experiencias que por cíclicas las adaptamos a nuestro ritual de vida, al ser acciones repetidas se convierten en hábitos, en conductas casi mecánicas, incluso cuando las hacemos podemos pensar claramente en otras cuestiones sin que nos impida tener diáfana lucidez, ahí la imaginación, la creatividad, poco interviene. Luego existen otro tipo de experiencias, el resto, aquellas que de alguna manera vivimos por primera vez, son momentos inéditos por así decirlo, si no en todo su contexto, en buena parte se nos presentan como una vivencia nueva, porque siempre añadimos algo diferente, no solo cuando hacemos algo por primera vez, también cuando ese algo lo hacemos repetido pero en otro entorno o con otras personas o sintiéndonos diferentes etcétera. En esas ocasiones si considero que es nuestra imaginación, nuestra creatividad la que actúa y en ese momento estamos decidiendo y eligiendo como procedemos ante algo nuevo. Bien, pues he ahí que se genera mi cuestión, me pregunto: ¿si la experiencia se hace recuerdo destruye la creatividad del momento nuevo? ... ¿es entonces que nos convertimos en esclavos de nuestro pasado?...

No sé bien que pensar, porque ser objetiva es  imposible diría yo, es muy difícil ver las experiencias vividas solo como aprendizaje o ni tan siquiera, simplemente como momento disfrutado y punto, y apreciar las nuevas vivencias como innovadoras totalmente. Es decir, si yo hoy visito un paraje muy bello, y más tarde me vuelvo a casa con aquella sensación, intentando alargar el recuerdo lo más posible para no dejar de sentir la agradable "emoción" de lo vivido, y dentro de unos días visito otro paraje, me pregunto si seriamos ustedes o yo capaces de valorar esta nueva experiencia sin hacer comparaciones con la anterior, y de esta manera dar a este desconocido paraje, o vivencia, la valía que tiene sin compararla a nada, sin que el recuerdo del momento pasado, ya vivido,  vicie el instante presente, el que estamos viviendo ahora mismo. Es decir que lo que vemos en el instante tenga un valor absoluto, si es un riachuelo o un bosque, un cuadro, un ser vivo, lo que sea, que esa cosa o ser tenga un valor único y separado de todo lo demás, sin comparar, solo ver, sentir, y dejar avanzar. Se me antoja que si no pudiéramos comparar no sabríamos que valor dar a las cosas, es que es muy de humanos darle valor a todo, empezando por nosotros mismos, cuantas más cosas tenemos más aumenta nuestros índices de valía. Si tenemos más belleza, más dinero, más éxito, más estudios, más pertenencias más, más, más...Siempre anhelamos tener más de algo, para tener "más" valor y con ello poder llegar a ser "más" felices. Pues se me antoja otra cosa, que ahí intervine la comparación de la que hablaba antes, quiero decir que lo mismo que al visitar otro paraje comparamos para engrandecerlo o criticarlo, de igual manera hacemos con nuestra vida y todo el rato nos lo pasamos cotejando, quiero más plata porque me comparo con el que tiene más y ese ser parece más feliz que yo, y también quiero más belleza porque el que la tiene parece respirar dicha, mucha más que yo, deseo poseer más conocimiento, u otro puesto de trabajo mejor, u otra casa , u otro estatus, porque el ser que tiene eso, estoy segura que es más feliz que yo, y así sucesivamente, no nos damos cuenta que "él o la" que ya tiene más de aquello que nosotros anhelamos, siempre quiere también más de lo mismo. Yo creo que viciamos nuestro presente (lo único real) con el recuerdo alargado de aquella sensación que nos causó lo ya vivido, lo que ya está inventado y sabido, lo ya establecido, somos esclavos del "más" para lograr que él ahora tenga sentido. Tengo la sensación, al percatarme de lo que en realidad me hace feliz, de que esas doctrinas de aprovisionamiento desmedido, de que la cultura del acumular, no da la felicidad, más bien todo lo contrario, te convierte en carcelero del sinsentido, almacenar para nada, las cajas no tienen bolsillos, nos vamos tal cual venimos, vacíos. Yo me planteo si la cuestión esta de vivir va más por otros caminos, por aquel sendero sin vicios, sin doctrinas, sin anhelos materialistas, sin tanto irracional desatino, sin sentir que siempre miramos atrás, para comparar, para ver con que nos medimos. Para ello, para llegar a esta conclusión, solo he tenido que mirar tres cosas, que el que más tiene no es más feliz, que llegamos desnudos, y que nos vamos como venimos. Quería decirles algo, que mi nombre es María Rodríguez, pero que igualmente me podía haber llamado Bea, Grace, Delia, Carmen, Rosi, Laudelina o Martirio, que el nombre no importa , que lo que sí importa algo es dejar el mundo un poco mejor que cuando nacimos, que cada uno de ustedes en sí mismo es el ser "Más Grande" que ha nacido, y que lo simple y lo sencillo, ese creo yo humildemente, que ese es el camino.

...gracias por tu tiempo de vida"
María Rodríguez