jueves, 5 de mayo de 2016

Jardines y jardines , en todos esencia del Jardinero.


Son las manifestaciones artísticas más bellas que el ser humano ha logrado, conjuntando naturaleza y arte unas veces, mientras otras un hábitat espontáneo es subyugado sutilmente, tanto que parece salvaje, natural. Cuando era pequeña y veía por televisión esos maravillosos lugares, trocitos de paraíso venidos a jardines, recintos acotados repletos de plantas varias, de flores que orlaban caminitos, de fuentes en medio de lagos, todo era idílico, hermosísimo... Eso eran jardines para mí, lo otro, lo que yo veía a mi alrededor, en mi casa o en las demás, eso era otra cosa, floresta mundana, algo más cercano a lo humano, menos celestial. A medida que crecía, y sin ir más lejos para observarlo, fui testigo en mi propio hogar de como mi madre era dadora de vida, cuidaba con verdadero deleite y esmero sus plantas, cual si ellas también fueran hijos. Prolija en atenciones hasta hablaba con ellas, su agua su abono su poda... Un ritual de trasplantes, cuando terciaba la época, la llevaba a trastear con macetas, tierra de monte y esquejes, y de nuevo un año más la vida se habría paso echando raíces en los tiestos de mi madre.  Por ese entonces ya yo consideraba que en mi casa vivía una consumada jardinera, y que lo que ella con tanto amor cuidaba y mimaba, también eran jardines, una extraordinaria expresión de, sin duda alguna, una postura maravillosamente innata que adoptan muchas personas, la de amar en su primordial condición a la naturaleza. Yo llegué a entender que un jardín era esencialmente y sin más, un entramado de plantas, de la más variada procedencia y clase. Algunas eran heredadas del pasado que llegaron de los jardines de mis abuelas, otras esquejes que mi madre recolectaba de cualquier sitio a donde fuera, todo valía y todo le pegaba cuando mi madre buscaba un huequito en cualquier recoveco de sus jardines, y plantaba el esqueje al llegar a casa... Otras muchas eran intercambiadas con sus amigas y familiares, además por cualquier lado había hierbas naturales que nos ayudaban a combatir catarros y otros males, que muchas veces solo hacían de rica tisana que con sabor a reina luisa, manzanilla,  tomillo u otras era una sana costumbre degustar. Un jardín es la obra personalísima e inédita de su dueña o dueño, todo cabe mientras la interacción entre la naturaleza y su domesticación no de je de ser eso, natural en su esencia.

...gracias por tu tiempo de vida...
María Rodríguez