lunes, 20 de junio de 2016

De cuando el tiempo deja la huella. El Escobonal - Güimar - Tenerife


Minutos, horas y días, nunca se repite ningún instante aunque pudiera parecer que así es. Bajo mi punto de vista la vida tiene tantos matices que sería imposible la concatenación repetida, con exactitud, de acontecimientos. Eso es así, pero me sucede que al visitar ciertos lugares tengo la sensación de que el tiempo no pasa, que el espacio en el que se adentran los segundos  no es más que una prolongación de algo estático, incambiable. Algo que permanece y siempre permanecerá. Y se me repite en la mente una cantinela, todo cambia a un pestañeo, aunque este sea cándido, involuntario y sin pretensión de nada.

Me fui a pasar unos días a Güimar, por la zona del Escobonal, eso queda por el sur de Tenerife, una experiencia fraterno-emocional que ha sido como un baño de agua pura, cristalina y fresca. Y uno se empapa de todo, de lo que saborea, huele, siente, escucha, de lo que ve… Las ruinas de la historia que garantizan la existencia de la propia Historia. Nos fuimos a dar un paseo y encontramos la prueba palpable de que el tiempo pasa y a la vez permanece. Es como esas situaciones de vida en las que un sentimiento perdura, y el tiempo y las circunstancias erosionan las formas pero no la esencia de ésta. Ahí se encuentran los restos de lo que un día se creó como un santuario de oración de encuentro con el Dios de los católicos, una iglesia. Hoy se puede leer en su entrada: “Si escuchas en silencio el susurro del viento oirás de nuevo todas las plegarias que resuenan en el eco del tiempo…”. Visitar este lugar me reconcilió una vez más, con el entendimiento. Recapacité de lo que tengo, de lo que la historia de mi vida ha ido erosionando, pero sigue en pie, ahí está la esencia siempre viva de aquello que es verdadero, eterno. Tal como lo ven este lugar no tiene puertas, ni ventanas, casi ni tiene paredes y de techo el firmamento, pero su esencia sigue en pie. Al fin y al cabo la esencia es lo básicamente importante, y esta permanece muchas veces bregando en una constante batalla con el tiempo. Un afectuoso saludo. Espero que en mi ausencia todos fueran felices, o mejor,  muy felices...

...gracias por tu tiempo de vida...
María Rodríguez