domingo, 31 de julio de 2016

Al ser humano lo hace grande lo más sencillo. Kenia


Hoy me levanté tempranito, tengo la sensación de que los días se van volando cuando uno no aprovecha la mañana, como dice ella. Tomé café en la cocina mientras miraba a través de la ventana, un día un tanto anubado se dejaba querer, parecía que una cortina gris perla se antojaba en ocultar a Lorenzo. Es domingo, el último del mes de julio, me quedé reflexionando mientras la vista se me desparramaba por las medianías, me empapaba a cada centímetro con ese gratificante espectáculo de verdes, ocres, de plomizos aperlados, de viñedos y castaños, de brezos, del viento, del cantar de los pájaros. Pues eso decía, que me quedé "enmimismada", medité por unos momentos sobre el valor tan inmenso de estar viva, y de tener consciencia absoluta de estarlo. Me gustó ese ratito de encuentro personal, de ser presencia, principalmente porque parece que se ponga una en sintonía con el bien estar, con lo básicamente humano. Cuando hube terminado mi dosis mañanera de cafeína, y de ese filosófico encuentro personal, dejé todo y me dije a mi misma "lo primero es lo primero...". 
Atardecer en Kenia
Llegar a casa de mi ma me toma tan solo dos minutos, cuando entro siempre me agrada tener la certeza de que eternamente estará ahí, que siempre me aguardara la tibieza de su presencia viva. Ella anhela con ilusión la visita de sus hijos, de sus nietos, de cualquiera que guste de un agradable ratito de charla amena, sin que se alargue mucho, porque como ella misma dice "mi cabeza ya no está pa´mucho trote..."  Entré y me la encontré muy bien acompañada, miles de personas escuchaban atentas, al igual que ella, las palabras que fluían por la garganta de un hombre que se me antoja un líder mundano. Me explicó mi ma, que ante miles de jóvenes la máxima autoridad en la iglesia católica, culminaba con un discurso improvisado la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia. Mi madre, que es fiel creyente de esa doctrina que se fundamenta en Dios como forjador del Universo y de toda la vida en el planeta, me habló del mensaje que traía Francisco, este anunciaba a un ser supremo de los cristianos que es pura compresión, que ama incondicionalmente sin excepción alguna, sin juzgar. Escuchamos en silencio por largo rato la plática, palabras cargadas de filosofía, de conocimiento, del vivir más esencial, también del más primario. Charlamos al respecto debatiendo ambas sobre algunos puntos de divergencia, yo pretendía separar al ser humano del líder que lo identifica con la vastedad del catolicismo, ya saben, esa rama de una de las más grandes religiones, El Cristianismo. Mi madre ve un todo, y yo colmada de mil ideas enfrentadas, por la incoherencia de unas y la coherencia de las otras, trato de definir primero la individualidad, la esencia, y sí el ser único me gana por su hacer, no lo amarro a ninguna religión, ni inclinación política, ni a ningún tipo de grupo, lo admiro y respeto por lo que me da a mí y da al mundo, en ello podremos ver el intento por dejar mejor al mismo cuando lo abandonen. 

Atardecer en Kenia
La charla sobre el tema se alargó lo justo, porque como es costumbre entre nosotras las pláticas son tan ramificadas, que como tónica general nos perdemos sin acabar nunca una conversación. Con mi ma no importa perder el hilo de un tema, no plantea eso ningún apuro, pues siempre hay cuestiones nuevas, siempre algún recado, chisme o anécdota, alguna enseñanza que aporta la sabiduría que da la experiencia. Tiene 83 años, tiempo suficiente para saber de muchos momentos amargos, dificultades, obstáculos, situaciones que aun no queriendo surgen en la vida. Sin embargo no alberga rencor, amargura ni resentimiento, dice que a ella lo que no le resulta agradable lo asume y lo olvida. 


Atardecer en Kenia
Regresé a mi casa y la deje trajinando con sus enseres de cocina, a preparar el almuerzo dice que iba. Me pareció que volvía llena, renovada de energía, de ilusión, me sentí afortunada, feliz, pensé en cuán importante es el Papa Francisco y sus homilías, su trayectoria, sus gestas, sus ideas, su entrega su osadía... También pensé en mi madre, en su grandeza, en todo lo que ha aportado, en lo que nos sigue dando a todos cada día, también en sus gestas, sus ideas, su entrega su osadía... Repasé la fuerza inagotable que emana de sus adentros, del buen hacer pertinaz para el que nunca encuentran fin, evidencié las cualidades naturales que brotan de su simpleza, y finalmente resolví que al ser humano lo hace grande lo más sencillo. 

...gracias, por tu visita, por tu tiempo de vida...
María Rodríguez

Atardecer en Kenia