Nigeria prohibió la mutilación genital femenina y esa frase, convertida en titular, debería bastarnos para entender que algo ha fallado profundamente como humanidad. Que esta noticia exista —aunque sea una buena noticia— no habla de avance, sino de una deuda moral que llega tarde. Hoy escribo desde Tenerife, un domingo lluvioso, con el paisaje vestido de gris plata, mientras la bruma avanza lenta y los rayos de sol se filtran entre nubes negras como si dudaran. Y desde aquí, desde este rincón del mundo, me pregunto cómo es posible que haya sido necesario prohibir por ley lo que nunca debió existir.

El cuerpo donde comienza la vida

Yo soy mujer. Nací del vientre de una mujer hace ya algunos años. Ella, mi madre, a la que tanto echo de menos, también nació de otra mujer: mi abuela. La vida humana se abre camino a través del cuerpo de las mujeres, un hecho tan evidente como olvidado, que jamás debería haber servido para justificar el control, la violencia o la negación de nuestra dignidad.

“La vida humana comienza en el cuerpo de una mujer y, aun así, ese cuerpo ha sido históricamente controlado, violentado y despreciado”.

Vivo en Tenerife, es decir, en España. Un país donde, no hace tanto —apenas cincuenta años—, los derechos universales de las mujeres estaban mermados o, directamente, negados.

Hoy miro por la ventana y disfruto de cada detalle —del cielo, de la luz, del silencio— porque yo decido. Igual que decido cómo cuido mi cuerpo y quién se acerca a él.

Mi intimidad, mi cuerpo y mis decisiones básicas no son negociables.
No son un privilegio: son una condición imprescindible para mi vida.

Nigeria prohibió la mutilación genital femenina: lo que nunca debió ser noticia

Que Nigeria prohibió la mutilación genital femenina debería generar alivio.
Pero en mí no lo hace.

No me alegro.
Me entristece.
Me indigna.

Porque cuando una ley tiene que recordar lo evidente, es que antes hubo una violencia normalizada. Y eso no se celebra: se lamenta.

Los derechos humanos no se interpretan, se respetan

El Artículo 3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos afirma:

“Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.”

El Artículo 1 añade:

“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.”

Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué parte de estos derechos fundamentales no se entiende? Porque la mutilación genital femenina viola todos y cada uno de ellos. Sin excepción.

La mutilación genital femenina no es cultura, es barbarie

No hay tradición que lo sostenga.
No hay religión que lo justifique.
No hay discurso que lo excuse.

La mutilación genital femenina es una agresión salvaje que arrebata a niñas y mujeres su integridad física, su seguridad, su dignidad y su derecho al placer. Es una violación permanente del cuerpo y de la libertad. Llamarlo de otra manera es participar del engaño.

Cuando la vergüenza es colectiva

Que Nigeria prohibió la mutilación genital femenina nos enfrenta a una verdad incómoda: durante demasiado tiempo, demasiadas mujeres fueron sacrificadas en nombre de ideas irracionales.

Y ante cada una de ellas, yo me avergüenzo.
Como mujer.
Como ser humano.

Esto no debió existir nunca.
Y me niego a celebrar que haya dejado de existir tarde.

Si querer es poder, ¿cuándo vamos a querer?

Si querer es poder, ¿cuándo vamos a querer de verdad respetar a cada ser humano como tal, al margen de género, origen o frontera?

Porque mientras una sola mujer vea su cuerpo convertido en campo de castigo,
ninguna sociedad puede llamarse justa.
Ni moderna.
Ni humana.

Gracias por regalarme un poco de tu tiempo de vida. Tus comentarios, desde el respeto y el deseo de compartir, siempre serán bienvenidos.

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