Hace unos días, sin brújula ni destino, salí de casa con la idea de despejarme un poco. Y qué mejor manera que explorar un poco más la tierra donde nací y que, con el paso del tiempo, nunca ha dejado de enamorarme. No solo como origen, sino como hogar. El camino terminó llevándome hasta el Caserío de Los Partidos, en el norte de Tenerife, un rincón tranquilo que me recordó por qué esta isla se habita tanto por fuera como por dentro.
Creo firmemente que cualquier persona capaz de conectar de verdad con el sitio donde vive, sin importar en qué lugar del mundo esté, es una persona afortunada. Muy afortunada.
Como tantas otras personas, nací en un lugar fortuito, y ese será siempre mi origen, algo inmutable. Pero la permanencia, esa nunca está garantizada. Vivir es movimiento. Vivir es cambio. Vivir es una oportunidad casi siempre imprevisible. Y mientras dura la vida, una puede encallar —o quedarse— en cualquier lado.
Encontrar el paraíso en cualquier rincón
El lugar donde una vive puede ser cualquiera. Campo o ciudad, un pueblo pequeño o una gran ciudad.
Estoy convencida de que la felicidad tiene más que ver con cómo conectamos con el entorno que con el lugar en sí. No sé qué opinarás tú, pero yo tengo una matraquilla: empeñada estoy en que todo viene de dentro.
Cualquier rincón del planeta puede convertirse en un paraíso personal si logramos habitarnos primero. Habitarse una misma —o uno mismo— dentro del lugar. Sentirlo a través de nosotras antes que nada. Porque lo que diferencia las experiencias es nuestra manera de estar presentes en ellas; per se, todo nace del sentir interior.
Y así, sin prisa, disfrutando tanto del camino como de las pausas, me adentré en la carretera. En paz conmigo misma y, por un momento, también con el mundo.
No soy perfecta. Me equivoco, como todo ser humano. Pero intento no quedarme atrapada en el error.
Sigo adelante, aprendo, tomo nota. Marco la huella de la experiencia. A veces con más aciertos, otras con menos, pero siempre con una idea clara: la leche derramada no tiene vuelta atrás, pero se aprende y hay que seguir.
El encanto del norte: Caserío de Los Partidos
Avanzando sin rumbo fijo —o quizá siguiendo uno que aún no conocía— llegué al norte. El influjo de Anaga, presente desde mi niñez, me guió tras la estela de los alisios. Esos vientos que transforman todo lo que tocan en vida.
Acarician cumbres y medianías, pintando el paisaje de un verde clorofila difícil de explicar. Nacida bajo la sombra y la humedad de la laurisilva, seguir su rastro era casi inevitable.
Aunque el sur también me atrae, el norte me cautiva con su frescura y su magnetismo verde. Así, recorriendo estas tierras de Tenerife, dejé atrás Tacoronte, La Orotava, Icod y Buenavista, hasta llegar al municipio de El Tanque.
Allí, en San José de los Llanos, un nombre apareció casi sin avisar: Los Partidos.
No lo busqué.
Pero me llamó.
Y cuando un lugar llama así, conviene escuchar.
Un oasis de tranquilidad en medio de la nada
El Caserío de Los Partidos es un alto en el camino. Una llanura rodeada de lomadas y montañas, bajo la atenta mirada del padre Teide. Pinares, flora autóctona y un suelo de picón y lava sostienen un paisaje austero y generoso a la vez. Tierra sufrida, pero agradecida.
Entre llanadas salpicadas de paredes, ya vencidas por el paso del tiempo, sobreviven antiguos trigales. Vestigios de cuando estos campos fueron despensa y sustento de familias enteras.
El tiempo pasa. Siempre pasa. Hoy solo quedan las huellas de lo que fue. La foresta avanza, vete tú a saber si reclamando su origen, y la naturaleza vuelve a ocupar el espacio que nunca dejó de ser suyo.
Entre el verde y la piedra, aparecen ruinas de antiguas viviendas. Casi diluidas en el paisaje, pero presentes. Recordando a los aparceros que vivieron aquí cuando la vida era dura y profundamente ligada a la tierra.
Aprender, evolucionar, vivir
Si no aprendemos, no evolucionamos.
Si no evolucionamos, no alcanzamos el sosiego que da la experiencia.
¿Y qué sentido tendría entonces esta travesía llamada vida?
Vivir, sentir, disfrutar y también sufrir.
Experimentar, aprender, evolucionar.
Ahí está la esencia.
Un viaje al pasado a través de la belleza
En pie, como guardián de la memoria, se alza un caserío que parece haber desafiado al tiempo.
Cruzar sus puertas es viajar a otro siglo.
A otra historia dentro de la Historia.
Senderos y caminos serpentean como venas de la isla.
Invitan a caminar sin reloj, a perderse sin miedo, a mirar sin prisas.
Un regalo para los sentidos
Solo podía mirar.
Ver.
Oler.
Escuchar.
Y callar.
No me gusta comparar. Cada lugar, cada momento y cada persona tienen su propia esencia.
Disfrutar del presente —fugaz e irrepetible— es lo único verdaderamente importante.
Porque por mucho que te cuenten, nada sustituye a estar allí.
A pisar el suelo.
A respirar el aire.
A sentir el lugar completo.
Comparto estos parajes como una pequeña muestra de la vida que me nutre.
Ojalá las vistas les gusten tanto como a mí.
Gracias por regalarme un poco de tu tiempo de vida. Tus comentarios, desde el respeto y el deseo de compartir, siempre serán bienvenidos.
© Fotografías propias. Imágenes captadas por la autora durante el recorrido.
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