Después de preguntarnos cuánto tiempo se necesita para conocer un lugar y qué significa realmente conocerlo cuando viajamos , queda una sensación difícil de nombrar.
Una intuición.
La de que quizá no es el lugar el que hay que cambiar, sino la forma en que nos movemos por él .
Viajar despacio no es ir lento.
Es ir de otra manera.
Cuando el viaje deja de ser una carrera
Durante años hemos aprendido a viajar como quien cumple objetivos.
Llegar, ver, fotografiar, marcharse.
La velocidad se confunde con aprovechamiento, y el silencio con pérdida de tiempo. Pero algo se rompe cuando el viaje se convierte en una sucesión de lugares sin vínculo entre ellos.
Viajar despacio no significa quedarse más días.
Significa dejar de huir del momento.
El lugar no es solo lo que se visita
Un lugar no empieza en el monumento ni termina en la foto.
Empieza en los márgenes: en lo que no está señalizado, en lo que no se anuncia, en lo que no se explica.
Quien viaja despacio empieza a notar detalles pequeños:
- los horarios reales
- los ritmos cotidianos
- las repeticiones
- las ausencias
Ahí el lugar deja de ser escenario y empieza a ser contexto.
Estar presente cambia la experiencia
No todo viaje transforma.
Pero toda transformación necesita presencia.
Estar presente implica aceptar que no todo es interesante a primera vista, que hay momentos planos, incluso aburridos. Y precisamente ahí, cuando no pasa nada espectacular, es cuando el lugar empieza a mostrarse.
La atención es una forma de respeto.
Viajar despacio no es una moda
No es una tendencia, ni una etiqueta, ni una manera “correcta” de viajar.
Es una elección personal que nace del cansancio de pasar por muchos sitios sin quedarse en ninguno.
Viajar despacio no excluye moverse, descubrir o explorar.
Excluye la ansiedad por abarcarlo todo.
Cuando el lugar deja huella
Hay viajes que se recuerdan por lo que se vio.
Y otros por cómo se estuvo.
Estos últimos no siempre tienen fotos espectaculares, pero permanecen más tiempo. Porque no se vivieron desde la prisa, sino desde la atención.
Tal vez no se trata de llegar más lejos, sino de llegar de verdad.
Y eso, casi siempre, empieza cuando dejamos de correr.
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