A veces —muchas veces— los momentos importantes no llegan anunciados. Aparecen de improviso, como hoy, hace apenas un ratito. En esos instantes sencillos se revela, sin darnos cuenta, el vínculo entre animales y personas, ese lazo silencioso que no necesita palabras para sentirse.

Entra, me da un beso, me pregunta qué estoy haciendo, charloteamos Hablar sin prisa, de cosas pequeñas, por el simple gusto de compartir el momento. un poco… y se va por donde mismo vino. Yo me quedo mirando a través de la ventana y lo veo perderse por la esquina hacia su casa, hablando con Talila mientras la aúpa con sus pequeños bracitos.

Talila y la sensibilidad de la infancia

Pedro tiene ocho años. Es mi sobrino. Y posee, desde siempre, una sensibilidad natural hacia los animales. Desde hacía tiempo insistía, una y otra vez, en tener un animalito en casa. Coincidiendo con su cumpleaños, hace unas semanas, se sumó un nuevo miembro a la familia. Para alegría de Pedrito… y de todos. Con su matraquilla Insistencia cariñosa y repetitiva, muy propia del habla canaria. , el chiquillo logró que una cosita linda y peludita viniera a robarnos el corazón.

Talila es una perrita pequeña, de poco más de dos meses. Peluda como una bola de algodón que todo lo absorbe a su paso: con el pelo y con la boca. Tuvo otro nombre, y quizá este tampoco sea el definitivo. Porque los nombres no dicen quiénes somos, solo cómo nos llaman. Lo que somos se demuestra en cómo actuamos.

Entre los niños se organizan turnos para cogerla, bañarla, acariciarla, jugar con ella. Y qué importante es jugar… desde que nacemos hasta que nos morimos. Que nadie crea que es solo cosa de la infancia. Se les ve, se nos ve, felices. Muy felices.

El cariño que los animales despiertan en las personas

Pero no son solo los niños. Los adultos también sentimos algo especial. No hacemos turnos, pero es evidente que Talila despierta un deleite nuevo. Se la coge, se la cuida, se juega con ella con un instinto de protección y de cariño tan innato como el de Pedrito.

Hace unos días hablaba con alguien de ese vínculo especial entre animales y personas. Me decía que los animales disfrutan, sí, pero que somos los seres humanos quienes recibimos un cariño incondicional difícil de comparar con nada. Incluso hay estudios que recomiendan el contacto con animales como terapia cuando atravesamos determinados problemas emocionales.

Yo no necesito estudios para creerlo. Me basta con mi experiencia. Y estoy segura de que muchas personas que leen esto me entienden. Para comprenderlo del todo, hay que haber tenido alguna vez en los brazos un cachorrito, un animalillo que inspire ternura. No importa la raza. Como las personas, cada animal despierta un sentir distinto.

Cuando la ternura no pide nada a cambio

Recuerdo algo de hace años. Mi madre tenía en su casa cuatro o cinco gallinas. Un día ocurrió un percance: unos perros se metieron en la finca y las atacaron. Murieron todas menos una. Quedó malherida, cojeaba y apenas tenía plumas. Daba mucha pena.

Mi madre la cuidó como pudo. Y la gallina sobrevivió.

A partir de aquel incidente, andaba suelta por el jardín, entre dalias y rosales, y por la huerta. Picoteaba la tierra, hacía nido bajo el limonero y, cuando le parecía, ponía un huevo que mi madre encontraba al cabo de los días. Eso sí: no se separaba de ella. Siempre que mi má andaba por las afueras de la casa, allí estaba la gallina, a sus pies.

Nos reíamos, porque era una estampa muy simpática. Nunca una gallina había sido animal de compañía en casa, pero poco a poco le tomamos cariño. Sin pedir nada a cambio, aquella gallinita despertó simpatía, apego, amor… ternura. Esa es la palabra. Mucha ternura.

El último gesto de una lealtad silenciosa

Un día, pasado más de un año, mi madre salió a su rutina y no la encontró. La buscó, y después de mirar por el jardín y la huerta, la halló muerta. El animalillo estaba a los pies de la ventana de su habitación. Para llegar hasta allí, la gallina tuvo que dar un rodeo sin sentido, poco habitual en ella. No era su costumbre dormir fuera.

Nos quedamos las dos calladas. Pensando lo mismo. La gallina fue a morir, ya viejita, en el lugar más cercano a donde estaba mi madre. Su madre. Les confieso que lloré por aquella gallina, y aún hoy, al recordarlo, me emociono.

Lo que los animales nos enseñan sin pedir nada

No he hecho estudios. No soy experta. Más bien soy una aprendiz de todo. Solo recuerdo a los animales que he tenido el privilegio de conocer y lo que me hicieron sentir. Sin contratos, sin promesas, sin obligaciones. Sin nada firmado. Sin meritocracias convenientes.

Lo de los animales es un dar puro.
Y por eso mismo, tienen todo el derecho del mundo a recibir.

Gracias por regalarme un poco de tu tiempo de vida. Tus comentarios, desde el respeto y el deseo de compartir, siempre serán bienvenidos.