Jardines y jardines hay muchos, pero en todos late algo en común: la esencia del jardinero o la jardinera que los sueña. Son, quizá, las manifestaciones artísticas más bellas que el ser humano ha logrado al conjugar naturaleza y sensibilidad. A veces se trata de paisajes diseñados con precisión; otras, de hábitats espontáneos sutilmente acompañados, tan bien guiados que parecen salvajes, intactos, naturales. En ambos casos, el jardín es una forma de diálogo entre la vida y la mirada humana.
Cuando era pequeña y veía por televisión aquellos lugares maravillosos —trocitos de paraíso convertidos en jardines, recintos acotados repletos de plantas diversas, flores que orlaban caminitos, fuentes en medio de lagos— todo me parecía idílico, hermosísimo. Eso eran jardines para mí.
Lo otro, lo que veía a mi alrededor, en mi casa o en las demás, eso era otra cosa: floresta mundana, algo más cercano a lo humano, menos celestial.
La jardinera de mi casa
A medida que crecía, y sin ir más lejos para observarlo, fui testigo en mi propio hogar de cómo mi madre era dadora de vida. Cuidaba con verdadero deleite y esmero sus plantas, cual si ellas también fueran hijas. Prolija en atenciones, hasta hablaba con ellas. Su agua, su abono, su poda… todo era un ritual.
Cuando terciaba la época de trasplantes, la veía trastear con macetas, tierra de monte y esquejes. Y, de nuevo, un año más, la vida se abría paso echando raíces en los tiestos de mi madre.
Por entonces ya yo consideraba que en mi casa vivía una consumada jardinera, y que aquello que ella cuidaba con tanto amor también eran jardines. Comprendí que un jardín no necesitaba mármol ni fuentes monumentales: bastaba una postura profundamente humana, la de amar en su condición primordial a la naturaleza.
Jardines heredados, jardines compartidos
Llegué a entender que un jardín es, esencialmente, un entramado de plantas de la más variada procedencia. Algunas venían del pasado, heredadas de los jardines de mis abuelas. Otras eran esquejes que mi madre recogía de cualquier sitio al que fuera. Todo valía. Todo encontraba su lugar cuando buscaba un huequito en cualquier recoveco y, al llegar a casa, plantaba aquel trocito de vida.
Muchas otras plantas eran intercambiadas con amigas y familiares. Además, por cualquier rincón crecían hierbas naturales que nos ayudaban a combatir catarros y otros males, o que simplemente se convertían en tisanas reconfortantes: reina luisa, manzanilla, tomillo, toronjil, pazote, hierba huerto, apio…
Y con aquellas plantas mi madre nos aliviaba los catarros, los dolores de estómago, los nervios. Era una mezcla de cultura popular y costumbre sana, un modo sencillo de cuidar el cuerpo que, aún hoy, permanece vivo en mi familia.
Jardines y jardines: obras irrepetibles
Un jardín es la obra personalísima e inédita de quien lo cuida. No hay dos iguales, porque no hay dos miradas idénticas. En él todo cabe, mientras la interacción entre la naturaleza y su domesticación no deje de ser eso: natural en su esencia.
Hay jardines grandiosos que parecen sacados de un sueño colectivo. Y hay otros humildes, nacidos en una maceta, en un patio pequeño, en una ventana. Pero todos contienen algo más que plantas: guardan tiempo, dedicación, paciencia, memoria.
La esencia del jardinero
Quizá por eso los jardines nos conmueven. Porque no solo hablan de flores o de árboles, sino de quienes los hacen posibles. Cada jardín es un autorretrato silencioso. En él queda impresa la forma de amar, de esperar, de cuidar.
Y entonces uno comprende que no hay jardines grandes ni pequeños. Hay jardines vivos. Y en todos, sin excepción, late la esencia de quien los sueña.
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