Vista aérea de la monumental escultura de Guan Yu, representado como guerrero legendario con armadura y arma ceremonial, dominando el paisaje urbano al fondo.

La escultura de Guan Yu es una de las representaciones monumentales más impactantes del arte religioso y cultural en China. Esta estatua colosal, dedicada al legendario guerrero Guan Yu, ha despertado admiración, debate y reflexión en torno a la fe, el arte y la tendencia humana a convertir en divino aquello que no sabe sostener como puramente humano.

Sin desmerecer los credos de nadie. Sin cuestionar la fe ajena ni la creatividad artística que se expresa en piedra, en bronce o en cualquier forma colosal. Sin pretender enseñar, convencer o vender verdad alguna —porque no creo en la verdad absoluta—, escribo solo desde ese lugar que me es propio: el de quien observa y se pregunta.

Siempre he pensado que toda aclaración es poca cuando se habla de creencias. Son íntimas. Profundas. Respetables. Y quizá por eso, cuando me encontré con esta escultura, no sentí rechazo ni devoción. Sentí algo más incómodo: cavilación. Una de esas que no se apagan rápido.

Guan Yu no fue una figura mitológica. Fue un hombre real, un general histórico que vivió durante el periodo de los Tres Reinos en China. Con el paso de los siglos, su figura fue elevada a símbolo, y más tarde a deidad, hasta confundirse con lo sagrado.

Escultura monumental de Guan Yu vista desde la base, con el guerrero chino en actitud solemne sosteniendo su arma, elevándose sobre una escalinata bajo un cielo abierto, símbolo de honor, lealtad y divinización del poder humano.

¿Dónde termina la admiración y empieza el dogma?

Cada cual es libre de elegir en qué cree. Eso no tiene discusión. Las religiones, las creencias, los sistemas espirituales… todos construyen sus figuras, sus relatos, sus pilares. El ser humano es religioso por naturaleza, incluso cuando afirma no serlo.

Pero frente a esta escultura, no pude evitar preguntarme: ¿no se nos va a veces la mano en el camino hacia lo divino? No hablo de fe. Hablo de desmesura.

El impulso humano de endiosar

Creemos en lo sobrenatural, en lo sagrado, en lo divino. Pero también creemos —con la misma firmeza— en ideas indemostrables, en relatos que sostenemos solo porque nos resultan confortables o necesarios.

Endiosamos personas. Endiosamos líderes. Endiosamos conceptos como la justicia, el honor o la fuerza… sin ponernos de acuerdo en qué significan realmente.

Y en este caso, lo sagrado no es un dios. Es un hombre que hizo la guerra “con justicia”. ¿Justicia para quién? ¿Desde dónde? ¿Bajo qué mirada? Toda justicia depende del lugar desde el que se mira. Lo que para unos es liberación, para otros es pérdida. No todas las miradas pesan lo mismo.¿quién decide qué es justo y qué no?

Cuando lo humano no acepta sus límites

Tal vez el problema no sea la fe, sino nuestra incapacidad para aceptar lo humano tal como es: contradictorio, imperfecto, finito.

Convertimos a personas en dioses cuando no sabemos convivir con la ambigüedad. Cuando necesitamos símbolos absolutos para no enfrentarnos a nuestras propias dudas.

Y no lo digo desde la arrogancia. Lo digo desde la perplejidad. Porque mientras miraba esa escultura, no dejaba de pensar que quizá el verdadero misterio no sea lo divino… sino la necesidad humana de elevarlo todo.

Una reflexión que no busca respuestas

No tengo conclusiones. No tengo verdades. Solo preguntas que me acompañaron mientras observaba aquella figura inmensa, pétrea, silenciosa. Preguntas mundanas, quizá incómodas, pero honestas.

Tal vez la fe, como el arte, dice más de quien mira que de lo que se mira. Y tal vez, en ese intento de tocar lo sagrado, el ser humano se pierde a veces en lo excesivo de sí mismo.

Lo dejo aquí. Porque cuando se trata de creencias, seguir tirando del hilo suele llevarnos a un lugar donde ya no se escucha, solo se defiende.

Gracias por regalarme un poco de tu tiempo de vida. Tus comentarios, desde el respeto y el deseo de compartir, siempre serán bienvenidos.



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