El Puerto de Amberes, en Bélgica es hoy uno de los grandes iconos de la arquitectura contemporánea europea. Se le nombra a menudo como símbolo de evolución, de progreso, de creatividad humana aplicada al espacio. Pero como ocurre con toda obra que aspira a perdurar, conviene detenerse un momento y ubicarla en su contexto histórico, social y vital. Porque ninguna creación surge en el vacío. Todo arte —también el arquitectónico— es hija de su tiempo.
Cuando hablamos de edificios de este porte, solemos quedarnos en la forma, en la audacia, en la técnica. Sin embargo, toda edificación es, antes que nada, un acto creativo situado, una respuesta a una necesidad concreta en un momento concreto de la historia.
Y es ahí donde empieza, para mí, la reflexión.
La creatividad no es solo humana
Dice la Wikipedia que la creatividad es una habilidad típica de la cognición humana. No voy a llevarle la contraria a nadie; nada más lejos de mi intención. Yo solo soy una aprendiz. Pero hay algo en esa afirmación que siempre me deja pensando.
Porque, si miramos alrededor con un poco de atención, la creatividad no humana bulle por todas partes.
La naturaleza crea sin descanso.
Sin nombre.
Sin firma.
Sin necesidad de reconocimiento.
Ustedes ya saben que muchas de mis ideas se cuecen al calor de la utopía, pero siempre con los pies en la tierra, sazonadas de respeto y de admiración. Yo no entiendo de razas, ni de especies, ni de colores cuando se trata de estar en este planeta, donde no hay separación ni disidencia, sino un todo inmenso.
Solo entiendo de una cosa: marcharme de aquí dejando el mundo, si no mejor, al menos un poco menos herido.
Y desde ahí observo.
Cuando la naturaleza pinta sin pedir permiso
Para mí existen dos estaciones claramente diferenciadas: la primavera y el otoño. No es que me olvide del verano ni del invierno. Es que en esas dos estaciones la naturaleza, en los contornos de mi casa, se vuelve especialmente creativa.
Desde aquí puedo ver castaños, vides, monte bajo de brezal y otras especies que conviven sin jerarquías. Cuando llega el otoño, todo el valle se transforma. Aparecen los ocres, los verdes oscuros, los amarillos pálidos. Se dibuja una acuarela viva, trazada por una mano invisible que conoce perfectamente el equilibrio entre luz, tiempo y silencio.
Más tarde llega la primavera y el paisaje vuelve a cambiar. Todo se torna de un verde brillante, múltiple, diverso. Las vides se cubren de hojas nuevas, el brezal se regenera tras las lluvias del invierno, y los castaños y frutales se visten de blanco, anunciando el fruto que vendrá después.
Si el invierno ha sido generoso en agua, un manto de hierbas salvajes completa el cuadro. Pequeñas flores lilas, amarillas, rojas, blancas. Miles. Como si la tierra hubiera decidido celebrar algo.
Ante esa escena, siempre pienso lo mismo: otra vez la Pachamama se puso a crear.
El talento humano y la admiración sin soberbia
Yo no quito ni pongo.
Yo solo observo.
Y también observo —con la misma admiración— el talento humano. La fantasía, la inspiración, la originalidad. Las manos que construyen, el cerebro que imagina, la voz que nombra.
Pero insisto: existe un arte primigenio, una inventiva natural que habita en todas partes. Una obra maestra constante, silenciosa y profundamente creativa.
Quizá la verdadera madurez creativa del ser humano consista en crear sin olvidar de dónde venimos.
El Puerto de Amberes y la arquitectura que dialoga con el tiempo
En Amberes, el quinto puerto más importante del planeta, el antiguo edificio de oficinas del puerto se quedó pequeño. Más de quinientas personas gestionan desde allí una de las infraestructuras clave de Europa.
Para ello se encargó el proyecto a la arquitecta Zaha Hadid.
La premisa era clara: conservar el edificio original. La solución fue tan arriesgada como brillante: permitir que lo nuevo no anule lo antiguo, sino que dialogue con ello.
El resultado es una mezcla extraña y fascinante: lo nuevo sobre lo viejo, lo antiguo sosteniendo lo contemporáneo.
Cuando el arte se vuelve natural y la naturaleza, arte
Admirable el ser humano cuando consigue hacer natural el arte.
Admirable la naturaleza cuando convierte lo natural en arte sin proponérselo.
Tal vez ahí esté la clave: en dejar de competir y empezar a conversar. En entender que la creatividad es un lenguaje compartido.
El Puerto de Amberes no es solo un icono arquitectónico. Es también un recordatorio de que toda creación que perdura sabe escuchar al tiempo, al lugar y a la vida.
Gracias por regalarme un poco de tu tiempo de vida. Tus comentarios siempre serán bienvenidos.
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