El arte de Deborah Walkeres no se contempla únicamente con los ojos: se siente. En sus acuarelas, el agua aparece una y otra vez como un elemento vivo, en movimiento, cargado de profundidad y silencio. A través del grafito, esta artista logra que ríos, acantilados y mares no sean solo paisajes, sino espacios de conexión con algo más hondo, casi consciente. Quizá por eso, acercarse a su obra es también una invitación a detenerse, a observar y a dejar que la mirada fluya.
¿Qué misterios envuelven la vida cada día?
¿No les ha pasado que, al tocar un tema —el que se tercie—, comienzan a sucederse conversaciones, encuentros, señales, coincidencias?
Como si la vida, silenciosa, dijera: por aquí.
Eso me ha ocurrido estos días con el agua.
A principios de semana hubo un problema con las tuberías del municipio. Durante un par de jornadas el agua salía del grifo con una fuerza inusitada, turbia a ratos, inquieta. Finalmente todo se arregló y, en justicia, diré que estos contratiempos no son habituales. Normalmente el agua llega a nuestros hogares con corrección y buena calidad. Pero algo ya se había activado.
Cuando el agua entra en la vida cotidiana
Hace unos días grababa un mensaje de audio a una amiga —una gran amiga— mientras regaba mis plantas. Le conté lo que estaba haciendo, casi sin pensarlo, para que entendiera los sonidos de fondo, los vaivenes de mi voz. No mencioné lo extraordinario del gesto. Regar mis matas es una labor cotidiana que me encanta. No le di más importancia, quizá porque hablaba con un ser sensible hasta las trancas.
Al poco, mi amiga me respondió. Entre otras cosas hermosas me dijo:
“El agua vehiculiza todo. Creo que por ella corren los pensamientos y todo lo que necesita acomodarse en nuestra cajita.”
Me habló de otro tiempo de su vida, cuando un jardín formaba parte de su cotidianidad. De lo extraordinario del contacto con la naturaleza. De cómo ansiaba la llegada de la tarde, cuando el frescor del ocaso invita al rito lento y casi sagrado de regar.
Cada palabra la hice mía.
El gesto de regar como acto de consciencia
Mientras dejo que el agua fluya por la manguera, mis manos —incapaces de estarse quietas— limpian hojas secas, hierbajos, hijos impródigos. Mis ojos vagan atentos, intentando desahogar la floresta de lo salvaje. El chorro empapa la tierra seca y, al retirarlo, queda un cerco oscuro bordeando la mata. Un aroma manso a humedad. A vida.
Tengo muchas plantas en mi jardín, árboles en mi huerta. Cada mañana los observo mientras tomo café. Me recargan. Me sostienen.
Cuando la vida parece escaparse
Y se enciende una alarma cuando descubro hojas mustias, tristes, agónicas. Siento cómo se les escapa la existencia. Su vida —pienso— está en mis manos…
y en las de ese chorro de agua.
Qué maravilla eso del agua.
Deborah Walkeres y el agua como lenguaje artístico
Casi sin querer, en medio de estas sincronías, me encontré con el trabajo de Deborah Walkeres.
Así la siento yo: una artista del lápiz. Una dibujante excepcional. “Siempre he considerado el dibujo como el proceso fundamental del que crecen todas las formas de arte”, dijo una vez. Y basta observar su obra para entenderlo.
Sus trazos son tan precisos que uno duda: ¿es una fotografía?, ¿una acuarela? Pero no. Es grafito. Es paciencia. Es mirada.
Deborah Walker, RI RSMA
El realismo del agua en movimiento
Por esas extrañas coincidencias que no lo son tanto, el agua aparece con frecuencia en sus trabajos: acantilados, ríos, mar. Walkeres logra representar el movimiento líquido con una profundidad tal que el ojo busca, dentro de lo finito del papel, lo infinito de la naturaleza. Transparencia. Fluidez. Silencio.
Al contemplar sus dibujos, uno no observa agua: la recuerda.
Lo que queda cuando el agua deja de correr
Quizá porque, como la vida misma, el agua no necesita explicarse. Solo fluir.
La idea de que el agua guarda memoria: entre la fascinación y la duda
A finales del siglo XX se popularizó el trabajo de Masaru Emoto, quien fotografiaba cristales de agua congelada y sugería que el entorno —e incluso determinadas palabras o intenciones— podía influir en las formas que adoptaban. Sus imágenes, tan bellas como sugerentes, despertaron una gran fascinación en todo el mundo.
Sin embargo, estas ideas han sido ampliamente cuestionadas por la comunidad científica por la falta de rigor y reproducibilidad de sus experimentos. Aun así, más allá de la polémica, la propuesta deja una pregunta abierta, casi poética: ¿y si el agua no fuera solo materia, sino también espejo de lo que la rodea?
Fuente: Wikipedia – Masaru Emoto.
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