Los carruajes históricos de La Laguna siempre me han parecido algo más que antiguos medios de transporte. Son vehículos capaces de viajar no solo por el espacio, sino también por el tiempo, cargados de memoria, jerarquías sociales, fantasía y poder. Basta detenerse a observarlos para entender que no trasladaban únicamente cuerpos, sino también historias, sueños, miedos y una forma concreta de habitar el mundo.
Supongo que muchas personas recuerdan aquellos carruajes de cuento, esas carrozas mágicas capaces de atravesar épocas además de lugares. A mí se me apareció de inmediato Cenicienta, aquella muchacha menesterosa que, sin zapato, huyó del castillo escaleras abajo en busca de su calabaza transformada en carroza real. Mientras su vida cambiaba por el azar de un objeto perdido, suspendido en la intemporalidad de los cuentos, en otro lugar del mundo John Wayne comenzaba a rodar los primeros westerns.
Sentado en su carruaje, John Wayne tiraba de las riendas salvando forajidos y recorriendo los caminos del Oeste. Y así, casi sin darnos cuenta, el carruaje se convertía en un puente entre la fantasía y la épica, entre el relato infantil y la construcción simbólica de un país.
Carruajes históricos de La Laguna y el viaje simbólico por el pasado
Más tarde llegaría otro clásico que volvió a hacernos viajar en calesa. Mr. Hyde, cuando no era el doctor Jekyll, se deslizaba por las madrugadas del Londres victoriano, protegido por la penumbra de su coche de caballos, con el propósito de encontrar a sus víctimas y, quizá, de encontrarse a sí mismo.
Representativo también de este imaginario es Sherlock Holmes, icono indiscutible de la literatura universal. Subido a aquellos carruajes, deambulaba por las calles del Reino Unido resolviendo los crímenes más variopintos de la ficción. El coche de caballos no era solo un medio de transporte: era escenario, refugio y atalaya desde la que observar el mundo.
Ejemplos hay muchos. Carrozas, calesas, berlinas y coches de caballos atraviesan cuentos, novelas y películas. Siempre asociados a algo más que al simple desplazamiento.
Los carruajes que aún guardan historia
Los carruajes que acompañan este texto no los encontré en un libro ni en una pantalla. Me los encontré no muy lejos de mi casa, en un museo de la historia. Y allí, quietos y silenciosos, se revelaron como lo que son: testimonios genuinos del siglo XVIII.
Sus ruedas recorrieron las calles de San Cristóbal de La Laguna y otros caminos de la isla. Son dos coches de caballos que, desde ya, puedo decir que no estaban pensados para la plebe. En ellos viajaban personas pudientes, figuras políticas relevantes y miembros de la realeza que llegaban a la isla.
El primero, de color negro, es un landó del siglo XVIII, fabricado en Inglaterra. Fue considerado un vehículo de lujo, cómodo y elegante, y se utilizó con frecuencia hasta comienzos del siglo XX. El segundo, mucho más ornamentado, parece salido directamente de un cuento.
Una berlina que habla de clases sociales
Esta segunda pieza es una berlina de origen francés, de estilo rococó, realizada en madera policromada y dorada. Bajo mi punto de vista, esta berlina marca con claridad la diferencia de clases de la época. No necesita explicación: su exceso decorativo, su brillo y su presencia hablan por sí solos.
Son objetos que narran el pasado sin necesidad de palabras. El poder, el estatus y la distancia social viajaban sobre ruedas. Literalmente.
Sea como fuere, el presente se construye —querámoslo o no— con reminiscencias del pasado, y estos carruajes históricos de La Laguna colaboran de manera magnífica en esa labor de recordarnos de dónde venimos.
Escuchar el pasado desde el presente
Mientras los observaba, cerré los ojos e intenté escuchar. Imaginé el trote de los caballos sobre el empedrado, el retumbar de las ruedas sobre el adoquinado, el sonido seco y rítmico marcando el paso del tiempo.
Por unos segundos viajé atrás.
Por unos segundos me subí a aquella calesa.
Por unos segundos recorrí la historia.
Me gusta tener noción del pasado estando en el presente. Me ayuda a comprender el ahora y, quizá, a no repetir ciertas distancias.
Gracias por regalarme un poco de tu tiempo de vida. Tus comentarios, desde el respeto y el deseo de compartir, siempre serán bienvenidos.
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