Muchas veces pospongo cosas importantes, muy importantes, para cuando pueda hacer un hueco en mi tiempo sin tiempo. En ocasiones soy bastante despistada y parezco una insensata cada vez que tejo, en el pensamiento, mi lista de prioridades.
¿A ustedes no les pasa? Yo, a veces, pierdo de vista la realidad más real, más auténtica, y me malgasto en banalidades, en cosas sin importancia, como si dijéramos, en poquedades. Y entonces, por dentro, hay algo que duele un poco cuando una se da cuenta de que quizá ha estado ocupada, muy ocupada, pero no necesariamente viviendo.
El valor de las cosas cambia con el tiempo, también las prioridades
Con el paso de los años he entendido algo incómodo: no siempre supe distinguir lo esencial de lo accesorio. Me creí imprescindible en asuntos que no lo eran y postergué silenciosamente aquello que sí sostenía mi vida por dentro.
No fue maldad ni desinterés, fue falta de conciencia. Viví convencida de que todo era urgente, de que cada petición merecía respuesta inmediata, de que cada compromiso reclamaba mi energía entera.
Y mientras tanto, lo verdaderamente importante esperaba.
Lo que ayer era urgente, hoy es insignificante.
Lo que antes parecía innegociable, ahora casi no importa.
Cuando la vida cambia el foco y nos recoloca sin pedir permiso
El tiempo nos reordena sin pedir permiso, sin pedir la vez. Pudiera parecer sibilino, pero no lo es; es experimental. Nos recoloca los afectos, las metas, las obsesiones. Nos cambia el foco, no el contexto: el foco. Y cuando miramos atrás, entendemos que no somos la misma persona que antaño actuaban de otras maneras. Aquella que daba importancia a demasiadas cosas que no la tenían, por lo menos no en aquella medida.
Las prioridades no son rígidas. Son orgánicas. Se transforman con las pérdidas, con los aprendizajes, con los silencios largos que nos obligan, no a escuchar fuera, sino a escucharnos a nosotros mismos.
Antes quizá quería demostrar. Ahora quiero sentir.
Antes corría. Ahora observo.
Y en ese cambio hay algo hermoso: la conciencia de lo realmente importante, la conciencia de ser presencia.
Una aprendiz del vivir en atender a las prioridades de la vida
A menudo repleta de misiones, de tareas pendientes, de muchos “debo” y otros tantos “quiero”. De algunos “después voy” o “más tarde me llego”, llamo, practico, hago, visito, publico, escribo, contesto… Son quehaceres mundanos. Creo que me entienden, siempre andamos apurados.
Soy, en definitiva, una aprendiz del vivir que antepone lo más urgente a lo más importante: cosa poco acertada.
Y no lo hago por dejadez, qué va. Más bien creo que es ignorancia. Yo me digo que es falta de tiempo. Bueno… eso es lo que me digo. Aunque intuyo que no es un argumento del todo coherente.
Y es que no soy la presidenta de ningún país —nada más lejos—. Yo solo soy una aprendiz del vivir, una simple aficionada. Sé nadar, pero básicamente en lagos tranquilos, todo lo más en un sereno mar. Y, sin embargo, sin llevar ningún cargo a cuestas, el tiempo no me da.
Buscando tiempo desde hace tiempo
Lo que quiero decir es que esa ocupación quizá justificara mi falta de tiempo. Supongo la presidencia como algo apretadísimo en haceres ajenos, y poco generoso, ese empleo, en tiempo personal.
Pero yo no tengo un trabajo que me quite del mundo, ya me entienden. Brego cada día en un horario normal: corre, corre toda la jornada, pero es lo suyo. No me quejo. El trabajo me ha enseñado a valorar, no solo el dinero, que también, sino las categorías humanas, los niveles, las infinitas maneras de ver la vida.
Hay quien trabaja mucho y cobra poco. Hay quien se emplea sin derechos ni seguros. Hay quien es explotado… No, no me quejo. Que podría hacerlo, sí, pero no. Si mi ansia fuera tener más, de verdad, ya habría ido a por ello, como cuando tengo sed, y busco agua. Será que no es tanta el ansia, no sé bien...
Así somos los seres humanos: generosos y usureros, dadivosos y tiranos, libertarios y restrictivos, un quiero y no puedo y al contrario. De todo hay. Pero confío en que abunda más lo bueno.
Tiempo para todo
Ni cargo de dedicación plena, ni vida especialmente azarosa. Básicamente tengo lo que muchas personas: obligaciones. Todos precisamos tiempo para la familia, para el trabajo, para evolucionar en el aprendizaje, para desarrollar aficiones. Tiempo para divertirnos. Para descansar. Para alimentarnos y asearnos.
Y, cómo no, tiempo para el amor.
Cualquier crecimiento en esta materia nutre el alma. Hay que dedicarle tiempo si queremos estar bien nutridos de energía y vida. Ahí está mi problema. Intento dedicarle tiempo a todo… y el tiempo no me da.
El día me sale a menos horas, aunque el reloj marque más.
Eso tan humano como es hablar de prioridades de vida
Y es cierto que me gusta conversar. Ahí no miro los minutos. Me olvido. Vivo el presente. El yo te doy de mí y el tú de ti me das. Me encanta charlotear: del hoy, del ayer, del mañana. De política, de hijos, de padres, de evolución, de hacerse anciano, de lo vivido.
Hablar es profundamente humano. La base principal es el intercambio. El feedback personal. Tal vez, con algo de suerte, conversar con cualquiera alivie su rutina, sus bucles, sus pensamientos pesados.
Estamos humanamente acompañados y, sin embargo, realmente solos. No en soledad —que a veces es necesaria—, sino solos como si habitáramos un desierto lleno de espectros que, a su vez, viven en su propio desierto.
Trabajar para vivir, vivir para disfrutar
Si quitamos lo de pararme con cualquiera y entregarme al encuentro comunicativo, lo demás es lo que hace todo el mundo: trabajar para vivir y del vivir disfrutar.
Y aun así, el tiempo no me alcanza.
Retraso afanes, quehaceres, encuentros. Y aquello que relego empieza a perder valor frente a lo antepuesto.
¿Qué priorizar?
¿Primero una misma y sus deseos?
¿Primero el amor?
¿Primero nuestro animalito de compañia?
¿Primero la familia?
¿El trabajo?
¿Las amistades?
¿La comunidad?
¿El descanso?
¿El cuerpo?
Dicen que las respuestas están dentro. Quizá la urgencia la marque el grado de satisfacción y tranquilidad que sentimos al actuar. Tal vez debamos dejarnos llevar por lo que sentimos. Las emociones nos indican si nuestro proceder es acertado o no.
Aprendiendo a priorizar en la vida
Espero darme cuenta de lo importante. Asimilarlo. Aprender la lección.
Colocar al principio de la lista aquello que realmente importa.
Hay una verdad ineludible: el tiempo "que no, me da tiempo” es breve, caduco, imparable.
Cada segundo me acerca a mi último hálito.
Todo lo podré hacer… menos detener su avance.
Por eso, cuanto antes comience lo importante, antes daré mayor sentido a mis días.
“Le decía princesa, pero la hacía sentir una reina…”
Gracias por regalarme un poco de tu tiempo de vida. Tus comentarios, desde el respeto y el deseo de compartir, siempre serán bienvenidos.
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