Hay lugares que no se visitan como quien marca un punto en un mapa. Hay lugares que, más bien, se atraviesan, quedando algo de ellos en ti para siempre. La laguna de Quilotoa es uno de esos sitios, uno de los paisajes más impresionantes de los Andes ecuatorianos. Imagínate en el borde de un cráter volcánico, con el viento frío golpeándote la cara y una extensión de verdes y azules abriéndose paso bajo tu mirada.

El silencio no es total, pero casi. Algún pájaro, el murmullo del viento, nada más. No se siente como ruido: se percibe como eco de la naturaleza en estado puro.Y el cielo, reflejado en el agua, parece haberse derramado dentro del cráter, como si alguien lo hubiera volcado sin cuidado.

Hay paisajes que no se miran solo con los ojos. Se sienten primero en todo el cuerpo. Te inunda una sensación de presencia perfecta cuando los contemplas.

¿Dónde se encuentra la laguna de Quilotoa?

La laguna de Quilotoa se encuentra en la provincia de Cotopaxi, a unos 66 kilómetros al sur de Latacunga, en la parroquia de Zumbahua (cantón Pujilí), dentro de la Reserva Ecológica Los Ilinizas. Se sitúa a 3.914 metros sobre el nivel del mar, y eso se nota desde el primer momento. El aire es fino, la respiración se vuelve consciente y cada paso recuerda que aquí manda la altura.

Las comunidades kichwa de Quilotoa tienen una frase:

“Aquí el cielo se mira en el agua”.

No es una frase hecha para turistas. Es más bien una advertencia: cuando el cielo se refleja tan claro, las personas también nos vemos con más nitidez.

El significado de Quilotoa

La palabra “Quilotoa” proviene del kichwa: Kiru: diente. Toa: reina o princesa.

Su traducción literal sería “Diente de la princesa”, aunque el nombre está cargado de interpretaciones. Algunas personas creen que alude a la forma dentada del cráter; otras, a la majestuosidad de sus aguas, dignas de una reina andina.

El kichwa: una lengua que no separa a la persona del paisaje

El kichwa no se aprendió primero en papel, sino en la voz. Pasó de boca en boca, de mirada en mirada, mucho antes de intentar fijarse en letras. No es solo una lengua: es una manera de colocarse frente al mundo. No nació para nombrar cosas, sino para relacionarse con ellas.

En el kichwa, muchas palabras no separan a la persona de lo que la rodea. El paisaje no es un fondo: es parte de quien lo habita. Por eso, cuando la gente de Quilotoa dice que el cielo se mira en el agua, no está usando una metáfora poética. Está describiendo una relación.

El cielo y la laguna no son dos cosas distintas: se reconocen.

Es una lengua antigua, anterior a mapas y fronteras. Se habló —y se sigue hablando— en los Andes como se hablan las lenguas que se aprenden caminando, sembrando, mirando y escuchando.

Quizá por eso no explica de más. Dice lo justo y deja espacio para que quien escucha complete el sentido.

Tal vez por eso Quilotoa no se deja mirar a la ligera. Hay lugares que aún conservan palabras que no buscan describirlos, sino respetarlos.

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