Paisaje de las islas Lofoten con fiordo sereno, colinas verdes y montañas en el horizonte, un lugar donde la naturaleza transmite belleza, silencio y una magia difícil de explicar.

Existen mil lugares bellísimos que alimentan nuestros sueños de viajar, muchísimos rinconcitos que serían el deleite de cualquier ser humano sintiente. Hoy, por casualidad, ojeando mi Facebook, me encontré con este lugar: está en Noruega, en Europa, las Islas Lofoten.

Miren por donde miren, no hay más que parajes ensoñadores, tanto en invierno como en el interminable verano en el que el astro rey no llega nunca a ponerse. Quienes han estado allí dicen que Lorenzo ilumina siempre, y aunque sea suavemente, cuando se supone que es de noche, con esa mágica luz no lo es.

La oscuridad invita a los efectos ópticos


Ese surrealismo lumínico dura unos dos meses. En ellos, las noches blancas adoptan varios colores que reflejan las sombras perfectamente visibles de los picachos nevados. Los picos, igual que el cielo, se tornan amarillos, anaranjados, púrpuras… un abanico de tonalidades que invitan a no abandonarse en los brazos de Morfeo, sino que, por el contrario, embelesan al visitante y lo mantienen en vigilia, disfrutando del espectáculo de la noche “diurna”.

Luego llega octubre y, hasta marzo, la noche es casi sempiterna. La oscuridad invita a los efectos ópticos donde, como espectros, abundan espejismos de arrecifes y hasta de barcos, que acaban siendo nada: solo un efecto de la interminable cerrazón.
Fata Morgana: un fenómeno ilusorio donde no se sabe en qué momento termina lo real y principia lo mágico.

Lo dicho: un lugar lleno de belleza y envuelto en magia.

Paisaje costero de las islas Lofoten, en Noruega, con un puente arqueado sobre aguas turquesas, pequeñas islas rocosas, montañas con restos de nieve y un cielo nublado que refuerza la sensación de naturaleza salvaje y remota.


La luz que no duerme en las Islas Lofoten

En Lofoten, el tiempo no se comporta como estamos acostumbradas y acostumbrados a entenderlo. Allí el reloj interior se descoloca. El cuerpo pide dormir, pero el mundo sigue despierto. La luz persiste, suave, envolvente, casi maternal. No es un sol que queme, es un sol que acompaña.

Cuando la vida también parece eterna

Hay momentos en los que nuestra propia existencia se parece a ese verano interminable. Etapas en las que todo parece posible, donde la energía no se agota, donde sentimos que algo nos sostiene por dentro. Días en los que incluso en la noche seguimos viendo claro.

Son tiempos fértiles. Nos sentimos vivas, vivos, conectados. Y, como en Lofoten, cuesta cerrar los ojos. No queremos perdernos nada. Queremos estar ahí, presentes, atentos, porque la belleza está ocurriendo.

Pero ningún paisaje —ni exterior ni interior— se mantiene siempre así.

El invierno largo: la noche de Lofoten

Cuando el sol se retira durante semanas, las Islas Lofoten entran en otra dimensión. El cielo se apaga. El mar se vuelve más grave. Las montañas se convierten en siluetas. Todo se vuelve más lento, más hondo, más incierto.

Fata Morgana: cuando la realidad se deforma

En ese contexto nace el espejismo. La vista engaña. Aparecen formas donde no hay nada. Barcos que no existen. Islas fantasma. Contornos que prometen y luego se deshacen. La mente busca referencias y, al no encontrarlas, las inventa.

Así también sucede en la vida.

Hay inviernos interiores. Épocas largas en las que no vemos claro, en las que dudamos de todo, incluso de nosotras y nosotros. Surgen espejismos emocionales: personas que parecían refugio y no lo eran, caminos que creíamos firmes y resultaron humo. Nos movemos a tientas. Y duele.

Pero incluso ahí, en la noche más prolongada, hay algo que sigue vivo.

Pueblo pesquero de las islas Lofoten al anochecer, con casas tradicionales iluminadas junto al fiordo, reflejos dorados en el agua y montañas escarpadas cubiertas de nieve bajo un cielo azul profundo.


Las Islas Lofoten como espejo del alma

Lofoten no es solo un destino geográfico. Es una metáfora del ser humano. En un mismo territorio conviven la luz que no duerme y la oscuridad que se extiende durante meses. Igual que en nosotras y nosotros.

No existe el verano eterno sin su invierno profundo.
No hay claridad permanente sin periodos de sombra.
No hay magia sin misterio.

Tal vez por eso estos lugares nos conmueven tanto. Porque no solo los miramos: nos reconocemos en ellos. Nos recuerdan que todo es ciclo. Que incluso cuando creemos que el sol no volverá, regresa. Y que incluso cuando la luz parece infinita, también aprenderemos a descansar.

Las Islas Lofoten nos enseñan que la vida no es una línea recta, sino una danza entre la vigilia y el sueño, entre lo visible y lo invisible, entre lo real y lo mágico.

Y que, aun en la noche más larga, algo dentro sigue esperando el amanecer.

Gracias por regalarme un poco de tu tiempo de vida. Tus comentarios, desde el respeto y el deseo de compartir, siempre serán bienvenidos.


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