Dos mujeres junto a un río pescando tranquilamente, rodeadas de vegetación, en una escena cotidiana de tono sereno

Imagen: Obra de Daniel Ridgway Knight (1839–1924), dominio público. Vía Wikimedia Commons.

Arte es la vida misma, lo comprendí una vez más al leer que para verse uno físicamente se usan los espejos, pero que para reflejar el alma nada mejor que el arte. Recapacité. Ante un espejo estamos el tiempo necesario para descubrir de nosotros lo que la vista alcanza. Ante el arte, en cambio, nos postramos esclavos de su embaucadora atracción, sin tiempo estipulado.

El feedback que se ofrece tanto del artista con su obra como de la obra con quien la disfruta es extraordinario. Porque el trabajo le da emoción al creador o creadora, alimento imprescindible que nutre su creatividad, y esta define su creación. A su vez, el artista hace algo grandioso: le da vida a su obra.

Extraordinaria simbiosis de elementos, cuyo sentido nace de esa misma unión. Porque sin seres humanos no habría arte, y sin arte el ser humano no sería tal.

Daniel Ridgway Knight: una vida pintada en calma

Daniel Ridgway Knight, el autor que hoy nos deleita con su obra, nació en 1839 en Chambersburg, Pensilvania, pero su verdadera patria terminó siendo otra muy distinta: la orilla serena del Sena. Allí, entre reflejos de agua y tardes largas, encontró el ritmo que parecía necesitar su mirada. Se formó en la École des Beaux-Arts de París, trabajó en el taller de Meissonier y, a partir de 1872, fijó su hogar y su estudio en Poissy, como quien decide quedarse a vivir donde el alma respira mejor.

Desde ese rincón francés pintó a mujeres campesinas al aire libre, escenas humildes, cotidianas, cargadas de una dignidad callada. No buscaba lo grandilocuente: le bastaban una figura inclinada sobre la hierba, una luz suave sobre un vestido, un gesto sencillo repetido cada día. En esas pequeñas cosas supo encontrar belleza.

Su mirada conquistó al público y a la crítica. Fue premiado en el Salón de París, recibió la Cruz de la Legión de Honor y medallas en la Exposición Universal de 1889. Pero más allá de los honores, uno lo imagina caminando junto al río, observando cómo cambia la luz sobre el agua. Incluso fue regatista olímpico, como si el movimiento y el fluir también formaran parte de su manera de estar en el mundo.

Murió en París en 1924, dejando una estela de cuadros que aún hoy respiran calma, humanidad y verdad. Su hijo continuó el camino del paisaje, como si la pintura fuera, en esa familia, una herencia del alma.

Imagen: Autor desconocido, Frick Collection. Dominio público. Vía Wikimedia Commons.

El arte como acto de existencia

Yo entiendo que arte es materializar una emoción creando algo inédito. Sin creación no habría habido evolución. Yo es que soy más simple que una cuchara, y veo arte en cualquier parte.

Quien observa una obra recibe de ella placer, sensaciones inenarrables que se tornan distintas según los ojos que la miren. Y de ese observador, el arte toma sentido, significado, expresión. El viernes día 15 se celebró el Día Mundial del Arte, cuya simbología parece ser la de promover conciencia sobre la actividad creativa. Y casi todo el mundo coincidimos en lo más básico: el arte es profundamente subjetivo.

Es intrínseco, espiritual, personal. Cada ser humano percibe de forma diferente con cada uno de sus sentidos. Y esos sentidos son la autopista del arte hacia nuestra percepción: de ahí hacia dentro, al placer de observar; o hacia fuera, al deleite de crear.

No hay estándares para la emoción

No existen estándares cerrados para el arte. Ya se inventó, se está inventando y siempre habrá algo nuevo que se invente. Cualquier algo.

Se me ocurre como ejemplo la cocina. Hace unos días degusté un plato que preparó mi hermano Ángel, típico de estas tierras. Aunque él lo aprendió hace años, cuando lo cocina va donde la maestra para que ella ponga su mano. Y entre nosotros: mi madre es la mejor cocinera del mundo mundial. La maestra que, sin pluma ni librillo, desde la escasez y la necesidad, inventó los platos más exquisitos que he probado nunca.

Él, como yo y como el resto de la familia, sabe que mi “ma” tiene una manera muy peculiar de cocinar ese plato. Le da un toque especial que lo hace único, inédito, exquisito, sabroso en grado superlativo. Nunca lo probé tan rico como lo prepara esa mujer que un día me trajo al mundo.

Eso es arte. Auténtico y maravilloso arte culinario.

La creatividad como derecho humano

Y de esa misma manera, arte es también todo aquello que tú, ella, él, cualquiera, o yo misma, somos capaces de desarrollar de forma única y especial. Porque nadie le da el toque que le damos nosotros.

A veces pienso que solo hace falta que otro ser humano nos diga que le gusta lo que hacemos, que disfruta con ello, para que nuestros miedos —al fracaso, a la vergüenza del ridículo— nos permitan avanzar. Mostrarlo sin recelos al mundo. Sin esperar nada a cambio, solo el disfrute de poder crear.

Creer que todos podemos crear.

Arte es la vida misma

Arte es la vida misma.
Este planeta, que es la más extraordinaria de todas las obras.

Gracias por regalarme un poco de tu tiempo de vida. Tus comentarios, desde el respeto y el deseo de compartir, siempre serán bienvenidos.